Globalización y Sujeto

En el presente artículo, desplegaremos un abanico de cuestiones que trascienden a los aspectos meramente económicos de la llamada “Globalización”. Es parcial y ciertamente erróneo, caer en la vulgarización crematística de lo global, sin bosquejar la disolución, progresiva y tenaz del concepto de “Totalidad”; o mejor dicho, de la visión sistémica, omnicomprensiva, soberana, del “Sujeto cognoscente racional”, que se desplegó desde el siglo XVIII – con las obras de Emmanuel Kant (1724-1804) y de Friedrich Hegel (1770-1831) – hasta bien entrado el siglo XX.

La actitud primeramente “crítica” y posteriormente “demoledora”, tiene nombre y apellido: se llama “Post Modernidad”. Gran parte de los pensadores que contribuyeron a darle forma, desencantados de los diversos “socialismos reales” existentes en la década de 1970, y portadores de un extremo pesimismo en torno a los efectos de las rebeliones europeas y estadounidenses protagonizadas por obreros y estudiantes a partir de 1968; creyeron descubrir la “Piedra Fiolosofal” que todo lo explicaba, en el “Totalismo Idealista” del pensamiento filosófico moderno.

Por ejemplo, Michel Foucault (1926-1984), abandonadas sus lecturas pro chinas escribió sin titubeos: “El rechazo de toda historia que tenga por función recoger, en una totalidad bien cerrada sobre sí misma, la diversidad por fin reducida del tiempo, una historia que nos permita reconocernos en todas partes y ver a todos los desplazamientos pasados la forma de la reconciliación, toda Historia que se hace sobre todo lo que queda detrás de ella, es una mirada de fin del mundo”. En una palabra, el filósofo francés nos incitaba a mirar el “Totalismo” o cosmovisión que “Todo lo abarca”, como portador de un principio, un camino generalmente prolongado, así como de un “Fin” perfectamente mesiánico o utópico.

Ocurre que, en Occidente, el Cristianismo y el Marxismo cumplen un papel definido en términos “teleológicos”. El “Verbo” o “Dios”, crea el Mundo, lo animado, la “Historia”, a partir del “Pecado” y de la expulsión de Adán y Eva del “Paraíso”. Ocurre allí un primer desgarramiento mesiánico, y en un segundo y definitivo advenimiento de “Dios Encarnado” – El Cristo – el Hombre encuentra su redención. Es decir, que la “Historia Humana” era colocada entre “La Condena y la Salvación”; mientras que en una lectura secular – por no decir “atea” – el Marxismo llevará la reconciliación entre “Individuo y Mundo” en la construcción de la “Sociedad sin Clases”, liberada de la opresión y el sufrimiento.

Es muy interesante, por lo tanto, visualizar esas miradas “a priori” tan opuestas, tan disímiles como emparentadas en la búsqueda de un “mundo sin sufrimientos ni pesares”, en el que la Justicia haya por fin, desterrado al “egoísmo” del alma humana. Así como en San Agustín, la persona liberada del pecado se reconciliaba con Dios y encontraba gracias a ello su sentido existencial más profundo; en Marx y Engels, el “sujeto racional” supera su alienación socio económica, recuperando su autodominio y su autonomía esencial gracias al fin de la explotación.

Ahora bien, es imprescindible destacar que la economía es siempre, un simple medio instrumental; una especificación subordinada a los “objetivos valorativos” que la modelan en sus formas y en sus condiciones de desenvolvimiento. Pero aún así, es curioso que los pensadores “post modernistas”, acerbos críticos del “Sujeto Racional”, tan ponderado por los clásicos del Liberalismo, en su afán “deconstructivista”, olvidaran y omitieran toda mención de peso a la infraestructura material, en concreto, al “Capitalismo” de fines de la década de 1970, en plena transformación. La híper crítica de la Filosofía Modernista, hacía silencio en el lugar más relevante de todos, en el corazón de la “Sociedad Global”, atenazado por las consecuencias contradictorias del desarrollo económico.

Veamos pues lo que Karl Popper definía como lo “pre racional”, el “plexo axiológico”, el nutriente del Liberalismo Clásico, ya que fueron John Locke y Adam Smith, quienes entronizaron al “Hombre Económico” a través de una construcción antropológica de enormes influencias en el mundo contemporáneo.Un sujeto libre en su individualidad, sólo regulado en su conducta por los efectos “invisibles” de la concurrencia de otros agentes similares, que compitan con él y con otros en un plano de “Igualdad Jurídica” y en procura del “mayor beneficio” material posible.

De ésta manera encontramos entonces, el andamiaje teórico que sustenta al “capitalismo industrial de libre competencia”, basado en un “sujeto cognoscente” individual, cuyo motor no es el sexo, el nihilismo o la desesperación, sino el “egoísmo” y la “tasa de ganancia”. En una palabra, el hombre que los liberales presentan es “axiológicamente” muy modesto; mientras el Cristianismo le pide abnegación y humildad, y el Marxismo coraje y espíritu revolucionario; Adam Smith sólo le reclama dar rienda suelta a sus “pulsiones egoístas”. Esto divorcia al Liberalismo de toda “concepción totalizante”, suplantándola por una “Racionalidad Instrumental”.

En su famoso libro: La Sociedad Abierta y sus Enemigos, Karl Popper acusa a varios pensadores, de ser los responsables ideológicos del “Totalitarismo Moderno”. Es en éste largo escrito, dónde éste liberal apasionado, identifica “Totalismo Filosófico” con “Tiranía Política”, en una relación filial. Para él, no es casual que Hitler, Mussolini y Stalin se auto titulen “socialistas” y “nacionalistas”, pues los tres abrevan en las mismas “idealizaciones genéricas”. El Hombre busca la “Justicia Social” o la ·Supremacía Racial”, y termina destruyendo en su poco racional afán, al único valor realmente importante: la “Libertad”; alfa y omega de la “Sociedad Abierta” por él defendida.

De ésta visión del Mundo, en consecuencia, se desprende que toda alternativa a la Libertad – sea política o económica – será un intento consciente de llevar a la Humanidad a la guerra y/o al exterminio masivo. En clave “popperiana”, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, no fueron más que un enfrentamiento despiadado y brutal, entre la “Libertad” y “sus enemigos”. La Historia es en el fondo, de acuerdo a éste punto de vista, el despliegue del “individuo en el Mundo”, tenazmente oprimido por estructuras que intentan coartar su capacidad racional de decidir lo que cree más conveniente para sí mismo.

Finalmente, es preciso decirlo, es aquí donde el Liberalismo de Popper – hoy diríamos el Neoliberalismo – encaja perfectamente con los presupuestos de la “Filosofía Post Moderna” de raigambre “foucultiana”. Ambas cosmovisiones o perspectivas, ven el Marxismo la “expresión última” y ya agotada del “Totalismo Filosófico”. Los neoliberales y los izquierdistas post modernos se oponen al “Estado de Bienestar”; los primeros en defensa de la “libre concurrencia” en el mercado global; y los segundos, en nombre de la lucha contra los ribetes opresivos de lo público. Creen asistir a los funerales del “Totalismo”, sin darse cuenta que se equivocan.

Por el contario, si nos preguntamos ¿qué es eso que denominamos “Globalización”?, distinguiremos – en una mirada de “larga duración” – que la misma alimenta al Capitalismo y al mismo tiempo se alimenta de él. No distinguir ésta profunda imbricación, que lleva siglos, es desconocer uno de los basamentos del Mundo en el que vivimos; y en consecuencia, cuando el Capitalismo tenía enemigos o alternativas, sus apologistas en acción defensiva se oponían a todo tipo de “relato totalizante”. Pero los acontecimientos de 1989 y 1990, vinculados a la disolución de la Unión Soviética, cambiaron radicalmente los términos del asunto. Desde entonces “Globalización y Capitalismo”, sin adversaros a la vista, en su compenetración sinérgica y virtuosa, darían origen a un “Nuevo Orden Internacional”.

Esa sensación de “victoriosa hegemonía” del Capitalismo y de la Democracia, iba a ser proclamada con acrítica exuberancia por voces prestigiosas vinculadas a la Política o al sistema académico superior. El Presidente de los estados unidos, George Busch padre, proclamaba, con inocultable algarabía, el reinado absoluto e indiscutible del “Neoliberalismo globalizador”; mientras el Profesor Francis Fukuyama, en su famoso libro: El Ultimo Hombre y el Fin de la Historia, elevaba ese dato a categoría “axiológica” desde un hegelianismo mediatizado por las elucubraciones de un pensador ruso de prolegómenos marcadamente “anti marxistas”. En conclusión: la desintegración del “Imperio Soviético” significaba – para ambos  – la muerte de toda alternativa y el triunfo del Capitalismo y de la Democracia Liberal.

 Es posible entonces concluir que, “Globalismo y Capitalismo”, constituyen para los neoliberales un solo y único término, en la trama implícita de un nuevo “Totalismo”, no siempre claramente percibido. Esta simplificación esconde que, “históricamente hablando”, la “Propiedad Privada”, las clases sociales, el Estado, son conceptos que denotan realidades previas al surgimiento del Capitalismo. Por lo tanto, no existe “necesariedad fatalista” en la combinación de términos que significan realidades superpuestas, de identidad y fines diferentes. Y por lo tanto, el “sujeto egoísta” de la antropología “smithiana”, ya no es el mercader o el cambista de finales del medioevo; ni el burgués laborioso del mundo de la Revolución científico tecnológica de los siglos XVII y XVIII; sino el actor que busca por el uso de su “razón instrumental”, la mayor tasa de ganancia en el mercado financiero globalizado, su expresión colectiva más acabada. Finalmente, es la “multinacional corporativa”, cuyos tentáculos impersonales llegan a todos los rincones de la ecúmene, elemento activo de la nueva etapa. Y el “Sujeto Cognoscente Racional”, epítome de toda una Filosofía que hunde sus raíce en la Grecia Antigua, naufraga en una muerte lenta, en medio de las góndolas de los hipermercados y las pulsiones electrónicas de la comunicación audiovisual.

*Por el Doctor Jorge Osvaldo Furman (UNLA).

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