La más completa solidaridad y la más estrecha unión

Por: Gabriel Limache - @Gabrielink_182

Si bien la construcción de la hegemonía establece una táctica para expandir la revolución, incluyendo los intereses de los otros y, en muchas circunstancias, incorporar al enemigo derrotado que puede sumarse a los lineamientos construidos por los movimientos sociales y las organizaciones indígena- campesinas desde 2005, ésta también debe tener una mirada hacia la expansión del criterio “internacionalista”. La construcción debe ser desde adentro y hacia afuera, puesto que no es posible conservar -y dar pasos adelante en el horizonte socialista- sin la integración de los países del sur, dando el peso correspondiente en la correlación de fuerzas contra el imperialismo.

En uno de los debates apasionantes del marxismo del siglo XX, Lenin realiza una crítica a la posición de Rosa Luxemburgo e, indirectamente, a Kautsky y a la socialdemocracia, quienes veían con buenos ojos al principio de autodeterminación política de las naciones, es decir, plegarse con la burguesía para realizar el plan de la construcción de la nación en los países explotados; la cual resultaba parecida a la práctica teológica de la construcción de lo nacional.

Pero en sí, primero, continuaba latente el sentido de explotación capitalista tanto a obreros y campesinos o al conglomerado popular sometido.

Segundo, si la idea se imponía en la táctica socialista, tal vez la expansión de la URSS, como superpotencia, nunca se hubiera hecho realidad. Por tanto, ésta se constituía en la estrategia perfecta para que los países imperialistas de ese entonces, cierren el cerco a la única alternativa al capitalismo en principios del siglo XX que, si bien o mal, se contrapuso a la civilización del capital, le hizo frente hasta en la carrera militar, cosa que no podemos ni pensar actualmente con el desenfrenado presupuesto que EEUU dirige a la creación y renovación de su armamento.

No se pretende problematizar sobre las desviaciones o problemas que tuvo el socialismo real del siglo XX, sino resaltar la iniciativa leninista del internacionalismo que, en esas circunstancias y en ese momento histórico, significaba que la lucha contra el capitalismo exige una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones. Exige, pues, que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nación.

A finales de siglo XX y a principios de este siglo, los escenarios cambiaron. El neoliberalismo propuso la reconfiguración de los actores políticos, el sometimiento del capital caló profundamente y, a los que estaban al margen de la contradicción trabajo asalariado /capital, han sido absorbidos al afán de ganancia. Es por eso que los elementos contestatarios al capitalismo se encuentran en los movimientos indígena –campesinos, en las masas de personas citadinas pobres de los barrios de Caracas, en las movilizaciones estudiantiles en Chile, en los obreros argentinos y brasileros y, en fin, existen muchos ejemplos.

En Bolivia, el conglomerado de estos sectores populares con un núcleo duro, que reside en el movimiento indígena-campesino, han tomado como herramienta al Estado para cumplir las tareas no resultas del Estado Nación. Pero ahí está el problema neurálgico, sino podemos pasar a un nivel más alto, afianzando un proceso en conjunto con los demás movimientos internacionales anticapitalistas, con los países progresistas del Sur y el Caribe, nos volvemos más endebles a perder los resultados conseguidos en materia social y económica.

Por ejemplo, si Venezuela no hubiera consolidado puentes de integración, con la remetida actual del imperio con tácticas de desestabilización en su economía, estaríamos lamentando la destrucción de sus progresos en el cumplimiento de las metas del milenio. Se sabe muy bien que la oposición tiene el objetivo de privatizar el petróleo y, con eso, ajustar y arrebatar las políticas sociales a los más desposeídos.

Entonces, por supuesto que el imperialismo estará muy contento de que Sudamérica comience a tener una estrategia igual a la autodeterminación de la naciones que plantea Kautsky y otros, sin una proyecto común, lograría, por tanto, nuevamente penetrar y reiniciar políticas privatizadoras, así como lograr el desvanecimiento de los tratados como la UNASUR y el CELAC. Por esa razón, es aberrante pensar en distanciarse de proyectos como el venezolano y otros que siguen esa misma línea, los cuales tienen entre sus enmiendas la tarea principal de consolidar la soberanía de nuestro continente.

Otra vez, en este siglo tiene que renacer la posición leninista que propugna que la lucha contra el capitalismo exige una completa solidaridad y la más estrecha unión (cambiando y complementando) entre los pueblos hermanos de América Latina y el Caribe.

Por: Gabriel Limache - @Gabrielink_182

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